Conversación con José Napoleón Oropeza. Parte II

by 24VENEZUELAMarch 13, 2018, 1:51 a.m. 78

Es triste comprobar que no existe una política de apoyo al desarrollo cultural que propicie el estímulo a la actividad creadora que, en solitario, desarrollan los artistas, los escritores y los cultores populares. La edición de libros prácticamente ha quedado reducida a la poca gestión que se desarrolla desde la iniciativa privada o desde la dirección de cultura de algunas alcaldías y gobernaciones. Monte Ávila, en la práctica, desapareció. La misión que se desarrollaba en la red de museos, un orgullo en el país, es casi inexistente. Sobreviven algunos porque, a duras penas, mantienen exposiciones de sus colecciones. Pero no se puede hablar de que existe un museo porque muestre, de cuando en cuando, parte de su colección, si no se educa, si no se investiga, si no se publica y si no se conserva su colección.
Instituciones  de gran raigambre en el desarrollo de programas de formación y difusión paradigmáticos como el Salón Arturo Michelena o Festivales de Teatro, desarrollados e impulsados en el Ateneo de Valencia, Caracas, Trujillo, Valera, han desaparecido tras las tomas a estas y otras instituciones, en nombre de una supuesta “revolución”, que se ha basado en la violencia destructiva, en el asalto al trabajo creador para convertir a las instituciones en simples oficinas productoras de eventos propagandísticos.
¿Qué ha pasado con las instituciones que han sido asaltadas por unos cuantos bárbaros en nombre de una supuesta revolución destinada a llevar cultura a los pobres o, según señalan los tomistas, a los “apartados” de la labor cumplida desde esas instituciones venerables? Han sido convertidas en tristes ranchos, en bodegas para el tráfico de supuestas ideologías trasnochadas, presentaciones teatrales de muy poca valía y espectáculos musicales que solo sirven para ensalzar supuestas ideologías revolucionarias e, incluso, como ha sucedido en el Ateneo de Valencia, instalando ventorrillos dentro y al frente de su sede, en los cuales se venden desde hierbas hasta pócimas destinadas a inconfesables fines.
Los años de la mal llamada “cuarta república”, por quienes detentan el poder en los últimos años, con todos sus defectos, sentaron las bases del  progreso social y el fortalecimiento intelectual: se robustecieron las universidades autónomas; surgió un parque industrial en las principales capitales, quizá con Valencia a la cabeza de la meta de estrechar vínculos entre la clase empresarial y la trabajadora; se actualizaron las escuelas normales para la formación de los maestros; se abrieron escuelas técnicas y politécnicos; se inauguraron y mantuvieron museos que, como el Museo de Bellas Artes y la Galería de Arte Nacional, no tenían nada que envidiar a los otros museos del mundo; se fortalecieron los medios de comunicación social; y se estimuló la creación artística desde las escuelas de artes plásticas, música y artes escénicas. Todas las actividades que se desarrollaban en el seno de estas instituciones siempre han sido ofrecidas de manera gratuita y sin distingo de clase social.
Así como se atendía al ciudadano en lo social, se desarrollaba un plan de atención a su salud física y mental en los hospitales. Todo de manera gratuita. Los hospitales estaban dotados y brindaban a la ciudadanía todos los servicios: desde las consultas médicas que se cumplían por previa cita hasta las emergencias, sin olvidar los servicios quirúrgicos. ¿Alguna vez un paciente, en aquellos años de la desdeñada cuarta república, tuvo que llevar al quirófano los instrumentales necesarios para ser operado como sucede en la actualidad?
Paralelamente surgieron instituciones, tanto educativas como de salud, sostenidas por la iniciativa privada. Quien podía pagar por esos servicios, los pagaba, sin afectar con ello el funcionamiento de las instituciones oficiales que ofrecían sus servicios de manera gratuita. A nuestras universidades, escuelas técnicas y politécnicas, se accedía sin costos y esto debemos reiterarlo. Solo se exigía talento y cumplir con los compromisos intelectuales que el ser universitario acarrea. Creo que, por ejemplo, eliminar las escuelas normales y las escuelas técnicas fue un craso error porque se borró, en un instante, toda una historia de oportunidades para quienes no lograban el acceso a las instituciones de educación superior, bien por falta de preparación intelectual o por la evidente demanda ante el crecimiento poblacional en nuestro país.
Ser un país en desarrollo, independientemente de la atención a un sector considerado como “privilegiado” por algunos políticos, afectó en la formación integral de todos los ciudadanos porque no se crearon programas sociales que atendieran constantemente a las clases más desposeídas. El crecimiento de los índices de pobreza fue generando un malestar social cada vez más notorio. Igualmente, a lo largo de aquellas décadas prodigiosas —y esto también hay que decirlo— se fomentaron, de manera consciente o inconsciente, a través de los medios de comunicación, acciones que estimularon al exacerbado consumismo, en desmedro de lo más sólido: los principios morales.
Así mismo considero que los males fomentados por el populismo y el regalo de dádivas acentúan el desconocimiento del otro, así como también la creencia de que todo problema social o económico se resuelve a partir del facilismo, el otorgamiento de bonos por cualquiera excusa, sin fomentar políticas que estimulen al ciudadano a estudiar y formarse en las aulas universitarias. Muy por el contrario, con la reorientación de los programas de formación en los niveles primario, medio y hasta universitario, en nombre del compromiso social y de los programas “comunitarios”, se incrementa tanto la separación de los grupos sociales, como la idea de que todo puede lograrse, de inmediato, si se posee el Carnet de la Patria o cualquier otro documento que se improvise y se le dé carácter de necesario y vital para acceder a los servicios educativos, de salud y para la adquisición de una vivienda.
El gran tema de la novela 
es la traición. Tanto Eduardo Montes como Salvador Montes de Oca, como personajes producto de la invención del novelista, atraviesan, cada uno en su tiempo y en su espacio, distintos escenarios. Eduardo, a punto de ingresar al Seminario y todavía viviendo en Valera, fue encomendado por su amigo el párroco Alberto Gudiño a buscar en la biblioteca parroquial supuestas cartas cruzadas entre el padre Ignacio Andueza, el antiguo párroco (a quien Gudiño envidia y detesta, quizá por constituir para él un espejo acusador que desnuda su mediocridad y su ruindad) y Salvador Montes de Oca. Entonces se produce en la mente y en el alma del muchacho —que para ese entonces contaba con doce años de edad— una especie de atracción y obsesión por la figura de ese obispo, a quien Gudiño detestaba tanto como a Andueza.
En el alma del muchacho se anidó el gusanillo por indagar sobre el obispo mártir. El deseo por conocer más de la vida de quien fue asesinado en un oscuro episodio de finales de la Segunda Guerra Mundial no dejaba en paz a Eduardo. Ingresa al Seminario Diocesano de Guanare y empieza a ensoñar y, hasta en cierto sentido, a inventar anécdotas relacionadas con la estadía de Montes de Oca en el Pío Latino: su ordenación como sacerdote, su labor como párroco en Cubiro y en Sanare, su labor como periodista en un periódico de la Diócesis de Barquisimeto y su consagración como Segundo Obispo de Valencia, donde descolló no solo en su labor episcopal, sino como defensor de principios de la fe cristiana, tales como la defensa del Sacramento del Matrimonio Eclesiástico, ante la petición de un alto miembro del Poder Ejecutivo, representante de Juan Vicente Gómez en Carabobo. Su negativa a casar en segundas nupcias al presidente del estado Carabobo le costó el exilio.
Exiliado en Trinidad, Montes de Oca se dedicó a escribir y dictar conferencias. Gómez, de común acuerdo con la autoridad máxima de la Iglesia Católica en Venezuela, decide indultar al exiliado. Abolido el decreto de expulsión, Montes de Oca retoma sus funciones. Entonces se produce otra maraña en su contra, pero esta vez de la mano del padre Joaquín Ariza Barráez, vicario general y sobrino del padre Victoriano Barráez.
Eduardo, entretanto, no solo se dedica a estudiar latín, con verdadero fervor, sino también, a leer a Virgilio, Cicerón, Homero y Píndaro, mientras sigue alimentando  su proyectado sueño de vida, junto con el deseo de ser sacerdote: indagar sobre la vida de Montes de Oca, su martirio y su muerte. Convierte su preparación intelectual en una verdadera arma, en un desafío a los compañeros seminaristas que, capitaneados por José Peña, “El Conejo”, lo desprecian, pues lo consideran un “enemigo” que no hace lo que los demás hacen: en vez de jugar al futbol en las horas de descanso, se dedica a leer o inventar episodios sostenidos con Montes de Oca en horas de la madrugada.
En
se producen estados de metamorfosis en los personajes. Se manifiestan, de manera poética, a través de las continuas ensoñaciones de Eduardo, quien, desde que descubrió el nombre y la figura de Salvador Montes de Oca, no cejó nunca en su empeño en llegar a descubrir los hilos de la traición a que fue sometido el mártir, su personaje, su alter-ego, en cierta forma, sin saber que él mismo sería traicionado por otro sacerdote por negarse a satisfacer sus peticiones de contacto íntimo.
Cuando intentábamos definir el concepto de 
 como instante congelado, como retrato de una escena en nuestra vida o la vida de un personaje, apelábamos al concepto de intuición, a través de la cual nuestra vida pareciera devolverse, como una ola enmarcada y apresada en un instante. Hay mucho de “novela negra” en las disquisiciones de Eduardo Montes. Creo que tu intuición resulta acertada. 
 deviene en la invención de la memoria.
Si algún mérito tiene la novela de portentoso y único, radicaría en que solo a través de ella atisbaremos la vida secreta de los personajes. En la vida real, ¿conocemos la vida secreta de quien es nuestra madre, esposa, hijo? Parafraseando al gran Quasimodo: “Cada quien está solo sobre el corazón de la tierra”
 Únicamente el novelista se torna capaz de revelar la vida secreta de los personajes. Creo que, sin la posibilidad del conocimiento e intuición de la vida secreta del personaje, carecería de sentido el rol del novelista.
Me siento realmente muy satisfecho.  El gran poeta Eugenio Montejo, entre otras personas a quienes reconozco el estímulo y el apoyo brindado en el proceso de investigación previa a la redacción del manuscrito, estoy casi seguro de que la celebraría. La última vez que me llamó me habló acerca de la posibilidad de que yo escribiese una novela sobre Montes de Oca. Antes lo había hecho mi hijo Pavel, quien escribió una monografía sobre el martirio del obispo, dentro de la programación de un curso universitario.
Pero nunca olvidaré lo expresado en su oficina por el presbítero Luis Manuel Díaz, para ese entonces vicerrector en el Seminario “Nuestra Señora del Socorro”, quien me apoyó al permitirme leer y consultar valiosísimos documentos sobre el caso: “Sobre Montes de Oca se ha escrito mucho. Pero nadie ha dicho toda la verdad. La traición que se tejió en su contra lo condujo a una muerte muy cruel, causada, lamentablemente, por personeros de nuestra Iglesia. Tú eres un novelista. Tú estás llamado a decir la verdad”.
La verdad ficticia, fundamentada en una serie de técnicas que el lector validará a través de la lectura, la epístola, el monólogo, la intertextualidad, el diálogo y la descripción dramática. Irá tejiendo —con base en el mosaico estructural— la visión del gran tema: el de la traición como una de las más bajas de las miserias humanas, pues devora tanto a quien la causa, como a quien la padece. Creo que, junto al coro de voces, logré armar un gran tapiz que no solo recrea el martirio de este santo varón, sino de otros personajes que, como él, también la sufren y la padecen: Eduardo Montes, Ignacio Andueza, Josué Mariño.
Se podría decir que la novela fue escrita para enaltecer la figura de Salvador Montes de Oca pensando en que pudiese utilizarse en la campaña o, mejor dicho, en la lucha que libra un sector de la Iglesia Católica para motorizar a los fieles alrededor de la idea de elevar su nombre ante las altas autoridades del Vaticano. Inclusive, por coincidencia, la novela fue lanzada primero en la Universidad Católica Andrés Bello y, luego, en la sede de Ipapedi en los días en que el Arzobispado de Valencia nombró una comisión 
 para que se encargase de llevar adelante una serie de actividades en ese sentido. Yo, inmediatamente, me puse a las órdenes de los miembros de la comisión, contacté a la profesora Marielena Mestas, integrante del personal docente de la UCAB, y al presbítero Antonio Arocha, párroco de La Candelaria, acá en Valencia, dos de los ilustres integrantes de dicha comisión.
Sobre tu segunda interrogante, debo decirte que cuando se está escribiendo una novela se vive en ella todo el día, en todos los momentos, en todos los instantes: la puerta nunca cierra del todo y las trenzas no terminan de anudarse. Eugenio Montejo, nuestro amado y eterno amigo y hermano, en el instante en que me habló de esas dos imágenes —olvidó decirme o se lo reservó, pues él conocía toda mi obra y siempre estuvo muy entusiasmado con 
 que esas imágenes han estado y estarán conmigo durante toda mi existencia: rehusé y rehusaré la idea de terminar de anudar las trenzas o de cerrar la puerta. Siempre he vivido y viviré en el amago.
Creo que el agua, como continente, inevitablemente se hace presente en todo mi universo narrativo: novelas, cuentos y hasta en los ensayos, recuerda que mi primer ensayo se titula 
(1978) como turbión que da forma al lenguaje o como lluvia trasfondo de un escenario plácido que dibuja y desdibuja las palabras.
Creo que, en mis primeras narraciones, el lenguaje reinventa —en su movimiento, en el decurso de las imágenes y en el ritmo de la prosa— el fluir de un río o el dibujo evanescente de una lluvia al fondo. Un río llamado Canaguá, Curbatí, Pagüey o Támesis y que, posteriormente, serán uno solo en el símbolo río, en la lluvia o en el espejo, esa gota de agua empozada para siempre.
En pocas palabras, las formas del agua, llámese río, lluvia o espejo, devienen en un arquetipo grabado —a punta de buril y cincel— en el recuerdo imperecedero de una infancia que transcurrió acunada por el agua apacible, y unas veces devoradora, que se hacía y se transmutaba en remolino, en el recuerdo, en el espejo que, luego, termina fundiéndose en un símbolo: decir río se traduce en fundar y recrear un universo clavado, como estaca y rosa, en lo más hondo del alma del niño. Pero también del adolescente y del hombre que, ya maduro, viajó en busca de otros espejos.
Mis primeros días en Londres tienen mucho que ver con esas tardes de otoño de 1978. Pasé las primeras semanas a orillas de ese hermoso río, debajo de un paraguas, buscando protegerme de esa lluvia que nunca empapa del todo y nos dejará siempre la noción de un dibujo de la niebla entre el cielo y la tierra. 
Frente al Támesis, ese río maravilloso y soberbio, empecé a tejer 
y el turbión de 
como antes de viajar a Londres, tejí 
inmerso en el remolino de una prosa envolvente, texto de una sola frase que, tal vez, surgió tras el recuerdo de un pozo arquetípico: el río Canaguá, que fluye y pasa por Ciudad Bolivia, en Barinas, donde cursé mis estudios de Primaria.
Como tú lo sabes, nací en Puerto de Nutrias, frente a un caño del río Apure. Hasta los siete años viví en esa comarca, rodeado de agua, peces, babas y caimanes que se empozaron en el alma de un niño, cuyo único retozo, a la salida de la escuela, era pasear a orillas de aquel caño. Algunas veces solo, tirando piedras al agua, y, otras, en compañía de mi adorada tía Carmen González y de una poeta que nos visitaba, un milagro nacido en Barinitas, corazón del llano venezolano, llamada Enriqueta Arvelo Larriva, creadora de un espejo lírico en el cual me sumerjo y me hundiré por siempre mientras viva, cuando desee “visitar” de nuevo mi paisaje de infancia.
En síntesis, el agua constituye un arquetipo que me acuna y que reinventaré en imágenes y en símbolos cada vez que escriba, como si quisiera darle forma al agua. Pero, sobre todo, en el ritmo que anima mi escritura. Creo que el ritmo y el latido de mi prosa imitan y reinventan, de manera inconsciente, o, mejor dicho, tratan de apropiarse de la fuerza devoradora de los ríos, del dibujo de la lluvia en el aire y del vaivén incesante del mar. Esas imágenes, devenidas en símbolo, ¿son o no son la forma del agua? 
Pero todo ello confluye en la gota que contiene el universo entero. Todo ello no sería posible, creo yo, si no fuese un lector empedernido de poesía. Mi único oficio es el de ser un lector de poesía. Los libros de poemas —que he leído a lo largo de toda mi existencia desde que era casi un niño— tal vez superen al número de novelas, cuentos o ensayos. O, dicho de otra forma, el pozo que todo gran poema encierra, genera y constituye en mí una fascinante obsesión, un amago, un devaneo: en mi manía de leer de arriba hacia abajo un buen poema y, luego, a la inversa, quizá reinventé las palabras que me dijeron, como en coro, mi tía Carmen y la gran Enriqueta, frente al caño del río Apure, cuando yo, a los siete años, les pregunté ¿qué es la poesía? Enriqueta, sonriéndose con mi tía Carmen, me ordenó: “Mete las manos en el agua y descubrirás que tienes cuatro manos... Solo así sabrás lo que es la poesía”.

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